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Inhumano

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“Es inhumando, creo yo, forzar a la gente que tiene una genuina necesidad médica de café, a hacer cola, atrás de otras personas que ven el café como una golosina recreativa. Yo apuesto que esto no les pasa a los adictos a la heroína. Cuando un adicto a la heroína va por su droga, seguro no tiene que tolerar que un villamelón delante suyo ordene cinco smack-a-cino con chispas de chocolate y canela”

Dave Barry

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María y su Bici

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Los chinos tienen un dicho que siempre me ha gustado mucho: “Saber comer es saber vivir”, por eso, y porque unos muy amigos muy queridos me lo pidieron, es que fui a un restaurante ubicado en la calle de Cinco de Mayo, en la Ciudad de Querétaro: María y su Bici.

Cuál sería mi sorpresa al entrar y ver escrito en la pared, con diferentes palabras, todo lo que encierra aquel dicho chino —en la par

ed se lee: “Este mesón es para que compartamos lo básico

de la vida; los alimentos, el mezcal y la buena charla”—; y es que de entrada ir a María y su Bici es toda una experiencia, no solo por su cocina oaxaqueña o porque uno tenga que escoger entre los tres locales de diferentes que hay en la ciudad, dos de ellos en la misma calle y separados solo por el Tako Kong, del que soy fiel seguidor, un estacionamiento y una oficina pública, sino porque el lugar en sí es mágico, como lo demuestra la gran mesa que se encuentra a la entrada y que invita a dejar de lado las inhibiciones gastronómicas y sociales, para compartir mesa con desconocidos y entablar, si la suerte nos sonríe, una sobremesa única e irrepetible, con comensales que tal vez no volvamos a ver nunca.

Que el lugar sea agradable es especial, porque hace del momento de comer algo especial, envolvente y no aislado, un instante en el que ambiente y cocina se unen para llenar no solo nuestro estómago, sino nuestros sentidos.

Tlayuda

Una sabrosa tlayuda con cecina

No les digo, el lugar es mágico, al punto que hoy, solo de recordarlo, ya me pongo a filosofar sobre la cocina y el ambiente, y todo eso, y aún no he dicho nada sobre la comida.

El menú de María y su Bici es oaxaqueño/queretano, principalmente, lleno de los sabores que distinguen ambas regiones; el mole negro, los chapulines, la cecina, el mezcal, la chía y el chocolate.

No bien me iba sentando, ya tenía la boca hecha agua nomás de imaginar un burrito de mezcal de mina o de pechuga —mi madre prefiere el de nanche—, o el queso Oaxaca, o el sabor tan especial de los chapulines.

El primer día que fui hacía un calor como pocas veces ha hecho, así que comencé por pedir un tejate, que es una bebida que está hecha con maíz, cacao blanco, huesos de mamey, flor de cacao y azúcar, y se toma bien fría. Ya el tejate en sí es una comida completa, y se siente en su textura rica, que le llena a uno la boca y la panza.

Ya más fresco después del primer trago de tejate —tengo que confesar que se me hace agua la boca mientras escribo— lo primero fue pedir una ensalada María y su Bici, que es un ensalada de jitomate, hebras queso Oaxaca y una salsa de jitomate como nunca he probado en la vida, sazonada de una manera que hacía que el sabor del jitomate crudo resaltara de forma tan agradable que pude haberme pasado toda la tarde comiendo solo eso.

Después una sopa de frijol, espesa, bien sazonada, con su crema y su quesito. Al punto.

Tengo que confesar que cuando llegué al plato fuerte di de frente con una encrucijada; ¿qué hacer, pedir unas enchiladas de mole, unas enfrijoladas, un plato surtido de los que tienen o una tlayuda? Después de un buen rato de deliberar con I, que me acompañó ese día, nos decidimos por la tlayuda.

Yo soy de buen comer, pero al ver el tamaño de las tlayudas, y valorar el espacio que ya ocupaban en mi estómago la ensalada, la sopa de frijol y el tejate, decidí modérame un poco y pedir, junto con I, una tlayuda para los dos, ya habría tiempo y vida para regresar (y miren que he regresado).

La tlayuda, es una tortilla de maíz tostada, de un diámetro bastante respetable, a la que se le pone, en este caso, mole, hebras de queso Oaxaca, aguacate y cecina, o tasajo o longaniza, o una combinación de todo, ideal para ir comiendo de un lado a otro, o para sentarse y compartir.

Para rematar, y más por gula que por otra cosa, unos plátanos fritos, con su crema y su azúcar. Para salir del local fue necesaria una rampa y que nos rodaran hasta el auto; eso sí, rodamos felices.

María y su Bici me encantó, la verdad es que no puedo decir que nada me haya disgustado, ¿les mencioné que además venden mezcal de todo tipo? ¿Desde el artesanal hasta el comercial?

Es un lugar ideal para ir a comer en el fin de semana, y después irse a pasear por el centro de la ciudad

para bajar la panza, y en una de esas hasta volver otra vez, porque algo tiene que cenar uno ¿qué no?

Y así, con el concepto de que la vida es una gran mesa y la vida se resume en c

omer sabroso —concepto que ni la iglesia nos ha podido quitar, y miren que lo ha intentado— me despido invitándolos a que vayan a María y su Bici, a comer bien, a beber mejor y a disfrutar con la plática que esto genera.

tejate

El refrescante tejate

De tamales y tamalitos

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“Si por coincidencia

ganas cuatro reales,

dos son para vino,

dos para tamales;

y la tamalera

que hace los tamales

se saco la rifa

de los cuatro reales”

El jarabe loco, Veracruz

Alguna vez  le escuché decir a Anthony Bourdain que decir “comida mexicana” ante un mexicano no quería decir nada, nunca he estado más de acuerdo, pues el término no se acerca a explicar toda la riqueza cultural y gastronómica del país. Desde los platillos más elaborados, como son el mole o los chiles en nogada, hasta los más sencillos, esos que puedes conseguir en cada esquina de la ciudad y que son, simplemente, buenísimos.

Recuerdo que cuando visité Valencia, me sorprendió que no hubiera puestos callejeros, creo que lo más que había era pequeños carros que vendían horchata de xufa, y algunos de castañas, pero nada más. Pensé en ese momento en el contraste con las calles de México —el país, porque la ciudad ni se diga— donde encuentras toda una variedad gastronómica impresionante; lo mismo hay puestos de fruta picada, que de tortas, tacos, nachos, burritos, hot cakes, entre muchas otras cosas, sin olvidar por supuesto a los gloriosos tamales.

Durante las primeras horas de la mañana por toda la ciudad se pueden ver diversos puestos de tamales, desde los que van en bicicletas con las tamaleras y los anafres encendidos, las señoras que salen a los portones de la casa y ponen ahí su lumbre, o los tamales que se venden en los diferentes locales de la ciudad.

Los tamales son, básicamente, una mezcla de manteca, harina de maíz, envuelta en hojas de maíz o de plátano, cocida al vapor y con algún ingrediente especial, salsa, frijoles, hoja de chipilín, carne de puerco, queso, rajas, en fin, todo puede ir en un tamal, incluso alguna vez me tocó comer unos tamales centroamericanos que lo mismo traían garbanzos, arroz y una pieza de pollo.

En todo el país hay tamales, aunque todos los tamales son diferentes. No es igual comer tamales en el centro de la república, donde son esponjosos, que en el sur, donde tienen una consistencia un poco más gelatinosa, o en Monterrey. Una vez me invitaron a comer tamales en Juárez, Nuevo León, por la ciudad de Monterrey. Cuando llegamos al restaurante me preguntaron cuántos tamales me iba a comer, yo acostumbrado a los tamales del centro, que son de muy buen tamaño, dije que a lo mucho dos. Mis anfitriones se rieron y cuando llegó el mesero muy amablemente me ordenaron una docena. Pensé en ofenderme un poco en ese momento, está bien que sea llenito, pero la verdad no creo tener el apetito para una docena de los tamales que me estaba imaginando. Entonces regresó el mesero con un plato lleno de tamales delgaditos, como del grueso de dos dedos, más o menos, y como un dedo de alto. En cuanto los vi, me di cuenta de que podía comerme hasta dos docenas, es más, creo que lo hice, pues estaban buenísimos. El secreto de los tamales de Juárez es la salsa con la que se acompañan, que es realmente buenísima.

Dentro de la cultura tamalera, en especial del centro del país, existe algo de lo que muchos mexicanos hemos escuchado hablar, pero que no tantos han probado: las tortas de tamal.

Ya les había comentado que los tamales están hecho de masa de harina de maíz, por lo que la idea de masa de maíz dentro de un bolillo (masa de harina) no resulta atractiva para muchos, que lo ven como una redundancia gastronómica, en la misma categoría que las tortas de chilaquiles (pedazos de tortillas cocidos en salsa)  o los tacos de fideo (pasta).

Sin embargo las tortas de tamal son buenísimas y no se sienten como masa más masa, sino todo lo contrario. Los suave del tamal y lo crujiente del bolillo se combinan en una comida callejera sabrosa, e ideal para cuando no se sabe a qué hora va a volver a comer uno, pues la cantidad de carbohidratos y calorías que proporciona una buena torta de tamal, si bien harían llorar en total histeria a los “dietólogos”, proporciona toda la energía necesaria para un día en el trabajo o la universidad.

Pero, al igual que decir “comida mexicana” decir tamales se queda corto con respecto a todo lo que un tamal puede ser en México, tanto alimenticia, como culturalmente, la mejor forma es experimentar un tamal en todas sus expresiones, desde esa torta de tamal que uno se come rumbo al trabajo o a la universidad, como los tamales de los bautizos, los de cada región, los que se acompañan con huevos fritos o frijoles, los de los restaurantes, que intentan hacer algo sublime de los tamales, y los de los puestos callejeros que realmente lo logran. Y así, el día puede llegar envuelto en sus hojas de maíz, e irse sabroso, como un buen tamal.

De la comida reconfortante

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Cualquiera que aprecie la comida en realidad, podrá decir que comer es algo más que simplemente saborear una serie de ingredientes, comer es una actividad que va más allá de los sentidos y llega a los sentimientos.

Digo lo anterior porque la mayoría del mundo encuentra en la comida ese apapacho que alguna vez se necesita, ya sea porque se está triste, porque se está enfermo, o simplemente porque quiere darse un gusto y sentirse especial. Y esto justamente lo conseguimos, en más de una ocasión, a partir de lo que comemos.

Si nos ponemos a pensarlo la comida es parte importante de la vida cotidiana de los pueblos latinos. Basta con ver a una madre mexicana, italiana o española, que demuestran su cariño a partir de la cocina. De igual manera, toda fecha importante esté relacionada con el comer. ¿Cuántas veces no hemos ido a la comida del cumpleaños de la abuelita? ¿O a comer con algún amigo para celebrar su nuevo empleo? Pero no solo eso, ¿cuántas veces, aún estando solos en la casa, nos hacemos de comer algo que nos gusta para ver la tele o leer un rato?

Los estadounidenses le llaman “comfort food”, lo que podríamos traducir en comida reconfortante, que no es otra cosa que esos platillos simples, incluso insulsos, que comemos para sentirnos bien.

Todo el mundo tiene su platillo favorito  de este tipo. Yo, cuando estoy en la casa y me siento un poco triste, o quiero apapacharme, recurro casi siempre a dos tipos de platillos diferentes: Las sopas Maruchan y los macarrones con queso.

Cabe aclarar que cuando estoy triste no voy solamente a la tienda, compro una Maruchan, le pongo agua y me la como. Eso no sería para nada reconfortante. El chiste está en el preparado. Claro que cualquiera puede hervir agua y echarla en un vasito, pero eso no sabe bien. Para mí la sopa involucra otros ingredientes. De entrada cantidades obscenas de limón, un buen chorro de salsa inglesa, unas gotas de salsa Magi, y cebolla finamente picada. Lo reconfortante no es la pasta, es el caldo que se forma, y que se bebe en pequeños sorbos cuando se terminan los fideos.

Mi otra comida reconfortante, como ya les había mencionado, son los macarrones con queso. Mi receta es muy sencilla, el secreto de todo está en comprar macarrones con queso Kraft y queso Cotija. Al estar preparando los macarrones, a la mezcla de queso sintético, se le agrega una buena porción de queso Cotija y, listo. Macarrones de sabor pronunciado y con una consistencia excelente y más que reconfortante, pues el queso Cotija da una textura y una viscosidad (hasta hace hebra) que no se consigue con el paquetito solo.

Los invito a compartir qué platillos les reconfortan.

Un saludo.

De las cenas degustación.

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Hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a una nueva cena degustación realizada por el Chef Adrian Ro. No es la primera cena a la que se me convida, y definitivamente no será la última a la que iré —la  siguiente es el 21 de marzo—, pero sí es la primera en la que reflexiono sobre la importancia de este tipo de eventos para crear una cultura gastronómica.

Pero vayamos por partes. Para comenzar la idea que tenemos sobre lo que es una cena degustación. Si hemos visto programas de televisión, o acudido a una de estas cenas, nos queda claro que un evento de este tipo es para gente muy “acá”; que se siente mucho, de mucha lana, que disfruta de comida rarísima en porciones extremadamente pequeñas, y cosas por el estilo.

Muchas de esas ideas están en lo correcto, pero no porque así sean todas las cenas degustación, sino porque se ha creado toda esta cultura élite alrededor de la comida, de tal suerte que consideramos, los pobres mortales, que esas cosas son para gente que no tiene nada mejor que hacer, a nosotros que nos dejen con nuestros tacos y se acabó.

La idea del “gourmet” le ha estado poniendo en la torre a uno de nuestros pasatiempos favoritos: el comer; sin embargo no tiene por qué ser así.

Ir a una cena degustación, primero que nada, no es ir a un evento de alta alcurnia, a menos de que solo vayas para presumir y no tengas en realidad idea de lo que se trata; el verdadero gourmet en realidad sabe apreciar desde el taco placero hasta la comida de autor, dando su lugar y momento a cada cocina. ¿Qué quiero decir con esto? Que el ir a un evento de este tipo es, en realidad, ir a disfrutar de la experiencia de la comida, desde una perspectiva más amplia que simplemente la mecánica.

Ampliar nuestra cultura culinaria no quiere decir que tengamos que comer así todos los días. En realidad este tipo de reuniones están más encaminadas a experimentar la comida de una forma diferente, de igual manera que disfrutamos de una exposición fotográfica, pictórica o una puesta en escena. Son eventos únicos y, en muchas ocasiones irrepetibles, pues se tratan de descubrir que es lo que el artista, o el chef en este caso, está tratando de transmitirnos a través de su trabajo.

Casi siempre hay un tema, puede der la acides, lo dulce, lo dulce y lo salado, la comida de la infancia, en fin, cualquier cosa puede servir como eje central de la degustación, a  final de cuentas es la visión particular del chef, su propuesta, la que vamos a descubrir.

Una degustación no es la comida de todos los días, es una experiencia particular en la que es necesario prestar atención a lo que comemos, pero sólo por una comida, después regresamos a los alimentos comunes, los de nuestra rutina diaria; pero no regresamos igual. Así como quien aprende a discernir entre los diferentes instrumentos de una orquesta —aunque no los distinga todos—, así aprendemos a distinguir sabores e ingredientes. No estamos tratando de descifrar la fórmula del taco de chicarrón en salsa que nos estamos comiendo, pero sí apreciamos que sabores se combinan y cómo podemos acentuarlos. Vamos, no seremos considerados unos gourmets profesionales (ni lo quiera Dios bendito), pero sí despertaremos nuestro sentido del gusto en la vida cotidiana, un sentido que, debemos de admitirlo, tenemos bastante olvidado.

Pero no solo se trata de aprender a distinguir sabores, sino también de comenzar a tener una cultura culinaria. Yo siempre he pensado que para tener una visión gourmet no se necesita comer de todo, no para que podamos ser parte del grupo de personas que disfrutan de la comida tenemos que entrarle a los sesos de mono, o a los peces de pantano, o a las criadillas o la médula. De ser así la comida se transformaría en una tortura, peor que la dama de hierro, y comer sería una experiencia muy desagradable. Dejen esa clase de cosas para los que son gourmets de dientes para afuera, aquellos que lo hacen, o dicen que lo hacen, solo para impresionar a los que los rodean. Que ellos coman todas esas porquerías. Nosotros, los que sí sabemos disfrutar la comida, tenemos muy en claro qué nos gusta, pero sobretodo sabemos qué no nos gusta. Yo por ejemplo, no puedo comer patas de cerdo, no me importa qué tan deliciosas digan que son; no puedo con la textura. Y para aprender esto también sirven las degustaciones.

Degustar es probar, pero no únicamente sabores, sino todo lo que tiene que ver con la cocina, los olores, las texturas, los sonidos, cómo se ven los platillos; comer es una de las actividades más sensuales que hay, porque relaciona cada uno de nuestros sentidos. Es en este momento donde podemos apreciar cada una de las sutilezas de lo que significa comer. Es un tiempo que nos regalamos para sentir.

Por eso es importante estar atento a este tipo de cenas o comidas. Cierto habrá algunas que sean extremadamente caras o “sangronas”, pero esas casi siempre son en restaurantes de mucha categoría, donde el cubierto sale en, por lo mínimo, quinientos pesos. Pero no son las únicas. Actualmente hay un boom en la cantidad de estudiantes de gastronomía. Estos egresados, o incluso quienes todavía están estudiando, ya tienen la intención de probarse como creativos culinarios, y en muchas ocasiones organizan, a través de su escuela o con sus amigos, degustaciones en las que proponen su visión de la cocina. También hay chefs que hacen degustaciones por el simple placer de cocinar y compartir. No importa cuál sea el pretexto, preguntando se llega a Roma, y no faltará quien nos dé información sobre el próximo evento.  Y les repito, ir a una de estas cenas no es ir a que nos vean (como muchos creen) es ir a darnos la oportunidad de sentir, de vivir de manera diferente el placer de comer. Es una experiencia que vale la pena vivirse.

Tatarará. La cochinita pibil

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Ahora sí, después de un tiempo sin postear nada, debido a causas de fuerza mayor, cumplo lo prometido y les paso la receta de la cochinita pibil, la cual tomo de la serie de libros …y la comida se hizo, editados por lo que era la Conasupo, el Instituto Mexicano del Seguro Social, el Gobierno del Distrito Federal y el Instituto Seguro Social al Servicio de los Trabajadores del Estado. Debo de decir una serie excelente y que vale mucho la pena rescatar, así que si se encuentran con un ejemplar no lo dejen ir.

Ahora sí, la receta para la cochinita, que va con especial dedicatoria para mi amigo Francesc:

Ingredientes:

4 o 5 Kilos de Cochinita tinera

4 pastillas de achiote, también se le llama Roucou

½ taza de vinagre

25 pimientas negras

12 dientes de ajo

1 cucharada cafetera de cominos

2 hojas de plátano

El jugo de 10 naranjas agrias (las de Valencia le van que ni pintadas)

Sal

Cómo la hacemos

Lo primero es lavar y limpiar muy bien la cochinita, hay que quitarle todos los pellejos y todas los gorditos que nos estorben.

Ahora hay que disolver las pastillas de achiote en el vinagre. También debemos de asar los ajos y licuarlos con las especias, la sal y el achiote disuelto. Una vez que hayamos hecho esto es hora de mezclar el resultado con el jugo de las naranjas.

Con este adobo vamos a marinar nuestra cochinita. La dejamos reposar un buen rato, dependiendo de lo desesperados que seamos. En lo que la carne reposa asamos ligeramente las hojas de plátano, y las utilizamos para cubrir el interior de una cazuela grande.

Dentro de la cazuela vamos a poner nuestra cochinita. Vertimos la salsa sobre ella, la envolvemos bien con las hojas de plátano y la horneamos a fuego medio por tres o cuatro horas, hasta que la carne esté my tierna.

Y listo, nada más faltarían unas cebollas moradas encurtidas en vinagre, unas buenas tortillas de maíz y a comer como reyes.

Pa’ cochinita: El Habanero

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Las salsas. cebolla, cebolla con habanero y la de puro habanero

Ahí estaba yo, pensando muy seriamente en los puntos que debería de poner en lo que sería la entrada sobre sándwiches de esta semana. Investigando la historia. Imaginándome el sándwich perfecto. Comentando con los amigos sobre la idea. Estos, y para ser específicos LoY Ste —no pongo sus nombres porque qué tal que en una de esas son testigos protegido—, al verme tan emocionado, trajeron a la mesa las tortas y de ahí saltamos a las tortas de cochinita. Total que para no hacerles el cuento largo acabaron llevándome a las que, me aseguraron, son las mejores tortas de cochinita pibil de la ciudad.

Tengo que confesar que en el tema de la cochinita son medio quisquilloso, la mejor que he probado hasta ahora la hacía una señora yucateca, que por motivos de salud se retiró del oficio. Desde que probé su cochinita, me di cuenta de que hay de cerdos con achiote a cerdos con achiote, pero que no por eso a todos se les puede llamar cochinita.

Acepté a ir con Lo y Ste —leído así parece nombre de compañía que fabrica cajas fuertes— pues realmente es difícil encontrar buena cocina yucateca tan al centro del país, y la esperanza de unas buenas tortas de cochinita valía la pena investigarse.

Para los que nunca hayan ido al mercado de la Cruz, me permitiré hacer una breve, aunque no precisa, descripción del lugar:

Como cualquier otro mercado en México, el mercado de la Cruz es un universo en sí mismo. De lunes a sábado es la imagen tradicional de nuestros mercados. Entrar es encontrarse de pronto en el territorio comanche de los vendedores, que a diestra y siniestra lo asaltan a uno con su “pásele güerito”, “se lo muestro”, “barato el jitomate”, “qué le damos marchante, usted escoja”.

Exceptuando el pasillo de en medio y los pasillos exteriores, que están dedicados a la ropa, los perfumes y esas cosas, todo el resto del mercado es un mosaico de carnicerías, frutas de todos colores, pollos que cuelgan de ganchos, pescados que lo ven a uno con ojos enormes, quesos, crema, dulces, tacos, caldos, barbacoa, cocteles de camarón y tantas otras cosas que despiertan el apetito del más inapetente.

Los domingos el mercado de la Cruz se vuelve todo un centro comercial hecho y derecho. Alrededor de la estructura principal centenares de mercaderes venden todo tipo de productos; desde ropa traída de los Estados Unidos, en lo que son los remanentes de la que alguna vez fue la tradicional fayuca, tacos de cecina de la sierra, películas piratas, y juguetes y video juegos.

A las afueras del mercado, al cruzar la calle para llegar a la acera contraria, se encuentra un local que se distingue de los otros por lo colorido y bien diseñado de la marquesina que lo nombra como: El Habanero. El color naranja del cartel da juego a la ilustración de un chile habanero en todo su esplendor.

El chile habanero es esencial en la cocina yucateca e imprescindible, junto con la cebolla morada, cuando se habla de la cochinita pibil. Nada más para que se den un quemón, literalmente, el chile habanero está entre las 100,000 y las 350,000 unidades Scoville, o sea “pica” es un eufemismo.

Por dentro el local está limpio. Es atendido por una familia de lo más agradable, que en cuanto entramos nos saludó con una sonrisa —sí, toda la familia. Una mirada rápida al menú, que se encuentra pegado a las paredes, y uno se da cuenta de que la especialidad de la casa es el único platillo de la casa: la cochinita pibil.

“Tres tortas y tres tacos”, dijo Ste con su acento escocés, dominando la situación. La señora que nos atendió —a quien le daré el papel de la abuela de la familia, espero no equivocarme—, se voltea de inmediato hacia mí y me pregunta: “¿y para usted?”

Más allá de sentirme ofendido porque nos llamaran tragones, entiendo que es común que las personas coman más de una torta y más de un taco. Sin embargo aclaro que la orden es para Ste, Lo y yo, pero que le agregue una orden de panuchos, ya saben, por si uno se queda con hambre.

Antes que las tortas, llegan las salsas. Una ojeada rápida me permite identificar la que es pura cebolla morada encurtida, la que es cebolla y chile habanero picado, y la que es puro chile habanero, a lo mucho mezclado con algo de mayonesa. Tomo la cuchara de esa salsa de un naranja vivo y deposito una gota en la mano. Es el momento de medir el picor. Me llevo la gota a la lengua, con cuidado de no tocar los labios porque si no el desastre sería inminente. Deposito el espeso líquido en la parte de atrás de la lengua. Cierro los ojos. No pasa nada por unas cuantas micro décimas de segundo que me dan una falsa sensación de seguridad. De pronto mis papilas comienzan a percibir el sabor de los chiles pasados por el comal y un poco de ajo. Después de eso, todo arde; la garganta, la lengua, los cachetes. Comienzo a sudar y siento cómo la presión me sube. He desafiado a los dioses del chile habanero, afortunadamente con solo una gota.

Llegan las tortas. Nada complicado, embarrada de mayonesa, embarrada de frijoles y la cochinita. Los tacos igual: tortilla y cochinita, también los panuchos. Sin embargo, al probar la cochinita pibil del lugar me doy cuenta de que Ste y Lo tienen toda la razón, es excelente. No tiene la acides de otras cochinitas, no gana el sabor del achiote, sino que se balancea con el sabor de la carne de cerdo. La carne está completamente limpia y desmenuzada, lo que significa que esta es una cochinita hecha con amor y con mucho, mucho tiempo, cocinada lento para que absorba todo el sabor del achiote. Vamos, que es una cochinita hecha y derecha.

Unas cuantas gotas, nada más gotas, de la salsa de habanero, su cebolla morada encurtida y pa’dentro. No se puede pedir nada más, bueno, tal vez, como buen mexicano que es uno, pueda pedirse un limón, pero hasta ahí.

Si pueden vayan. Yo quedé fascinado. El lugar no es caro, la cochinita pibil es excelente, ideal para ordenar un par de tortas para llevar el fin de semana e irse a encerrar a ver unas películas; o comer sabroso entre semana con las prisas.

Les dejo la dirección: Garibaldi No. 30 Local 8 Col. Centro.

Ah, también tienen servicio a domicilio