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Lo que aprendí en estas fiestas

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Primero que nada Feliz Año Nuevo.

Espero que hayan recibido este 2012 como se debe, en compañía de buenos amigos, excelente comida y una estimulante sobremesa. Empezando así el año, todo lo demás es ganancia.

Estas pasadas fiestas he descubierto que el comer bien no solo es importante, sino necesario y más para celebrar la navidad o el año nuevo. Comer bien y disfrutar lo que uno come define mucho nuestra actitud de la vida, pues pocas cosas deben de ser tan conscientemente hedonistas como el disfrutar de los alimentos. No importa si uno es flaco o gordo, si es un carnívoro recalcitrante o un vegetariano de la era de acuario, comer es sinónimo de consentirnos, de hacernos sabe que somos importantes para nosotros mismos; si no buscamos disfrutar este momento de la vida, si comemos por comer, entonces, lo creo firmemente, tenemos que reevaluar nuestra vida, porque algo está fallando. Bien dicen los chinos que Saber comer es Saber Vivir.

Lo anterior viene a cuento porque, como les decía, estas vacaciones descubrí que hay personas que sufren la comida, que les angustia, mientras que hay otras tan instaladas en una pose pseudogourmet, que terminan comiendo cosas horribles, en restaurantes carísimos, solo por decir que comieron ahí.

Un ejemplo de la primera es de la familia. Llamaremos a esta persona Bartolomea, no solo para ocultar su identidad, sino porque me divierte la idea de cambiarle el nombre. Pues bien, resulta que Bartolomea vino en estas vacaciones con su novio. Ambos se quedaron en mi casa. Ya con anticipación Bartolomea nos había dicho que su novio, que por cierto es alemán y llamaremos Wenseslao (se pronuncia Venseslao), solo desayunaba pan con mermelada. Mi madre entonces, buena anfitriona que es, compró todo tipo de mermeladas y jaleas para Wenseslao, así como varios tipos de pan.

Cuando llegó Bartolomea lo primero que nos dijo es que no le mostráramos a Wenseslao todas las mermeladas porque las iba a abrir todas y no se iba a terminar ninguna. Mi madre, buena anfitriona que es, acató la orden y solo le ofreció al pobre alemán mermelada de fresa con su pan.

La idea me chocó. Si habíamos comprado tantas mermeladas era para que el novio de Bartolomea probara lo que quisiera. Así que un día, frente a Bartolomea, y aprovechando una insana cantidad de hot cakes que había hecho, saqué todas las mermeladas y las abrí frente a Wenseslao.

Los ojos del alemán se iluminaron, como si fuera navidad —la ironía es que: ERA NAVIDAD— y pronto comenzó a probar todas las mermeladas. Cierto, no se terminó ninguna, pero a partir de ese día el godo, que se supone solo desayunaba pan con mermelada, desayunó lo mismo que nosotros desayunábamos; huevos con salsa, con chorizo, hot cakes, tortilla y todo lo que le pusiéramos en un plato.

Otro día, igual en estas fiestas, fuimos con otros miembros de la familia a San Miguel de Allende. Para mí San Miguel no es ajeno. En varias ocasiones he ido con mis amigos a lo que yo denomino como tours etílico-turísticos, que en realidad es saltar de antro en antro tomando un par de copas, para los últimos antros uno ya recorre las empinadas calles sanmiguelenses como perro, pero un perro muy divertido.

También sé por experiencia propia que en San Miguel se come bien. Si algo tiene el pueblito es que su diversidad económico-cultural hace que uno encuentre todo tipo de comida, desde platillos cajún hasta  garnachas; de comida italiana hasta churros y chocolate español —Si uno pudiera encontrar ahí horchata de xufa yo sería el más feliz, pero creo que es lo único que falta. En fin. En San Miguel se puede comer casi de todo, el chiste es buscarle, pero como realmente no es tan grande, tampoco hay que buscarle mucho.

Pues mi familia no pasó del restaurante del hotel y un restaurante mexicano para la tercera edad que se encontraba al lado del hotel, y para rematar, el menú del día consistió en: sopes diminutos, carísimos y fríos.

¿Sopes? ¿Sopes? Para sopes vamos al mercado, a la plaza, a cualquier lugar donde podamos comprar por quince pesos un sope que parezca sombrero, con sus dos salsas y bien doradito, no estos sopes que salían en quince pesos cada uno, pero eran del tamaño de la carátula de mi reloj —un Swatch— sin una buena salsa, medio aguados y fríos, pero eso sí, los restaurantes eran de completa pose.

Y para acabarla de amolar el tour etílico-turístico se resumió en ir a un solo antro y cambiar de mesa tres o cuatro veces. No miento.

Yo no disfruté mi comida esos días. Al contrario, la sufrí. Estaba horrorizado por ver a estas personas hacer de los alimentos algo que no son: un martirio. Martirio porque no pueden comer lo que quieren o tiene que hacer de la hora de la comida una persecución.

Y regreso a lo que dicen los chinos: saber comer es saber vivir. Si no disfrutamos lo que comemos y el momento en que comemos, creo que es momento de hacer un chequeo de nuestra vida y ver si disfrutamos lo que vivimos y cómo vivimos.

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